Disbiosis y baja concentración de butirato, posibles factores causales de las EII

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Las enfermedades inflamatorias intestinales son el paraguas bajo el que se engloban algunas de las dolencias más comunes que a día de hoy afectan al aparato digestivo y que no siempre son de fácil diagnóstico. La enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa son las más representativas, dos patologías que luchan, a través de las asociaciones de pacientes de todo el mundo, por ser cada vez más visibles y por que la sociedad entienda las necesidades de aquellos que las padecen.

A mayores, existe el síndrome del intestino irritable, antes conocido como colon irritable, y también llamado de manera coloquial “intestino agujereado”, en referencia a la alteración de la barrera intestinal que causa su aparición y que produce los síntomas que caracterizan a esta dolencia.

Las investigaciones más recientes en el ámbito de la Medicina han conseguido demostrar que el desequilibrio de la microbiota, es decir, la disbiosis, es una de las claves en la aparición de estas enfermedades y en su desarrollo y cronicidad.

Tal y como explica el médico Marcello Romeo, nuestra comunidad microbiana intestinal “tiene un rol fundamental en la homeostasis energética del huésped y es esencial para una correcta ‘educación’ del sistema inmunitario”. Es decir, que el equilibrio bacteriano nos permite tener al cien por cien nuestra capacidad de mantener estable nuestro estado de salud y ayuda a las defensas de nuestro organismo a ejercer su función de la forma más eficaz posible.

El poder de las bacterias

Pero, ¿cómo consigue la microbiota controlar estas dos funciones tan importantes para la salud humana? Todo se esconde tras los mecanismos de transformación, fermentación y absorción de sustancias que realizan los ‘habitantes’ de nuestro intestino. Algunos de los componentes que generan, como es el caso de los ácidos grasos de cadena corta (SFCA, en sus siglas en inglés), que obtienen de la fermentación de las fibras alimenticias, benefician al organismo, controlando la inflamación y frenando el desarrollo de determinadas patologías.

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Uno de esos ácidos, el butirato, “regula la generación de las células inmunitarias innatas y adaptativas, su tráfico y su función”, explica el profesional sanitario, que añade que esta sustancia tiene un importante efecto antiinflamatorio, “inhibiendo el reclutamiento y la actividad pro inflamatoria de los neutrófilos, macrófagos, células dendríticas y células T efectoras y aumentando el número y la actividad de las células T regulatorias”.

El problema surge cuando las diversas cepas que deben poblar nuestro intestino están desequilibradas. Aunque la relación entre la disbiosis y las enfermedades inflamatorias intestinales todavía está siendo objeto de investigación, para determinar si la dirección es causa-efecto o si el patrón es similar en todos los casos, lo que sí han demostrado los estudios más recientes, tal y como puntualiza Romeo, es que los pacientes que sufren EII “presentan un reducido número de las bacterias que producen los ácidos grasos de cadena corta y bajas concentraciones de butirato”, por lo que cuentan con más células de carácter inflamatorio en su mucosa intestinal.

Por lo tanto, el investigador concluye que estas dos cuestiones “pueden ser un factor relevante en la aparición y la gravedad de las EII” y opina que seguir investigando y desarrollando estudios clínicos que tengan como objetivo la modulación de la microbiota en estos pacientes “puede acercarnos a nuevas intervenciones terapéuticas”.

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