Probióticos Humanos de IV Generación

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Para que los probióticos  puedan ser eficaces, se aconseja elegir los de derivación humana, es decir, aquellos formulados con microorganismos que forman parte, de manera natural, de la composición de nuestra microbiota.

¿Qué son los probióticos humanos de IV generación?

El uso de probióticos se ha extendido enormemente en la práctica clínica, pero cada vez son más los profesionales que demandan probióticos humanos de cuarta Generación, es decir, que no les vale con cualquier tipo de producto porque ahora conocen la diferencia entre uno bien formulado y otro que no podría garantizar un buen resultado.

Gracias al avance y a la cada vez mayor formación de los profesionales de la salud en el campo de la Microbioterapia, es más común que se busque entre los distintos productos que ofrece el mercado para encontrar aquellos que de verdad se pueden usar como tratamiento.

Y te preguntarás, ¿pero entonces, no son todos los probióticos iguales? Pues no. Evidentemente, todos llevan en su formulación microorganismos vivos que confieren un beneficio para la salud cuando los tomamos, pero esto no es garantía única para su funcionamiento.

El micro mundo que llevamos dentro es muy complejo y por eso modularlo debe hacerse de una manera específica, sabiendo qué tomamos cuando nos prescriben un probiótico y su origen.

Es aquí donde van surgiendo conceptos que, si es la primera vez que lees sobre probióticos, puede que no sepas a qué hacen referencia. Hagamos un pequeño resumen.

¿Qué son las bacterias probióticas?

Cuando se habla de bacterias, el imaginario social piensa directamente en los microorganismos enemigos o patógenos. Pero existe un micro mundo beneficioso para nuestro bienestar, que puede ser repoblado con probióticos de derivación humana, es decir, con bacterias propias de nuestro ecosistema. Porque sí, tenemos bacterias en nuestro organismo de manera natural que ejercen en nosotros importantes funciones.

De hecho, se calcula que solo 1 de cada 30.000 bacterias conocidas es nociva. Solamente se han identificado 150 familias patógenas frente a un total de 1.400 consideradas “bacterias amigas”, es decir, bacterias buenas para nuestra salud intestinal y general.

En esta “mala fama” que tradicionalmente han tenido las bacterias hay una excepción: los fermentos lácteos, los únicos que no se han considerado perjudiciales. El hombre ha utilizado alimentos fermentados desde tiempos inmemoriales y conoce sus beneficios en la salud humana.

Composición de la microbiota intestinal

Tan importante es la presencia de bacterias en nuestro organismo como lo es su distribución dentro de él. Y es que a día de hoy la ciencia ya ha demostrado que un desequilibrio en la composición de nuestra microbiota puede alterar nuestro estado de salud.

A este desequilibrio se le denomina disbiosis y, junto a una correcta alimentación prebiótica y antiinflamatoria, puede ser revertida con la toma de probióticos de derivación humana.

Probióticos para la salud humana

La importancia que le damos a las bacterias no es casual. Son la forma más difundida de microorganismos, pero además son las que más presencia tienen en nuestra microbiota. Por eso son el “ingrediente” que contienen los probióticos de derivación humana, porque son las que pueden contribuir a la repoblación de nuestro ecosistema intestinal.

Aunque en nuestra microbiota también hay hongos, protozoos o arqueas, las bacterias son el tipo de microorganismo más estudiado y se sabe que están presentes en poblaciones muy distendidas numéricamente, llegando a los cien mil millones de microorganismos. Y, ¿cómo se organizan en ese micro mundo que llevamos dentro? Según explica la literatura científica, nuestras bacterias se agrupan en géneros, que a su vez se subdividen en especies. Dentro de una misma especie, están las cepas.

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Las cepas probióticas

El concepto de cepa es, quizá, el más importante cuando hablamos de probióticos de cuarta generación. El tipo de cepa, su origen y su combinación con otras cepas es lo que marca la diferencia entre un producto probiótico y otro.

Para entenderlo, debemos imaginar varios niveles. Estos microorganismos se catalogan en géneros (primer nivel), que, a su vez, tiene distintas especies (2º nivel). Dentro de las especies, las diferencias se marcan con la cepa (3º nivel). Veámoslo con un ejemplo: Bifidobacterium sería el género, bifidum la especie y BGN4 la cepa. 

Pero, ¡ojo! No todas las cepas son iguales ni sirven para lo mismo. Incluso de algunas todavía falta mucho por conocer en lo que se refiere a sus capacidades probióticas. En su libro, “El Revolucionario Mundo de los Probióticos”, la Dra. Olalla Otero hace un exhaustivo trabajo de recopilación de las propiedades demostradas a día de hoy en las cepas probióticas más utilizadas, lo que ha convertido a este libro en un auténtico manual de referencia para profesionales y pacientes.

Probióticos de derivación humana vs. de derivación animal

La clave para que una bacteria pueda ser utilizada como una herramienta terapéutica es que tenga la capacidad de quedarse en nuestro organismo, que sea reconocida por él y que cumpla con sus funciones. Por eso son tan importantes los probióticos de derivación humana, porque sólo nuestras propias bacterias son capaces de constituir nuestra microbiota, que tiene unas bacterias diferentes a las de una vaca, por ejemplo.

Las bacterias de origen animal, como las que se pueden consumir con los yogures u otros alimentos probióticos, pueden ejercer un efecto beneficioso, pero será temporal y sin efectos a largo plazo, porque este tipo de cepas no tienen la capacidad de quedarse en el intestino humano, formando colonias. Pasan por él pero después son eliminadas con las heces. 

En base a esto, también se habla de probióticos alóctonos (aquellos formulados con bacterias de origen no humano y cuyo efecto es transitorio) frente a probióticos autóctonos (es decir, probióticos de derivación humana que forman colonias permanentes y ejercen un efecto beneficioso para el que los toma).

Cómo llegamos a los probióticos humanos de IV generación: un poco de historia

Como todo producto sanitario, los probióticos de IV Generación son el resultado de una investigación e innovación constante. Poco a poco, se fueron probando y consiguiendo mejores mecanismos con los que formular los probióticos para que sean lo más eficaces posibles.

Primera generación: bacterias desnudas

Los primeros probióticos que se empezaron a comercializar fueron los de primera generación, que se creaban utilizando un proceso denominado liofilización. Con esto, lo que se conseguía era “dormir” las bacterias para que emprendiesen el viaje hasta nuestro intestino. Como la persona que se toma un somnífero para aguantar un vuelo largo. Una vez “aterrizaban” en él, se despertaban porque encontraban las condiciones ambientales óptimas para su supervivencia.

¿Problema? El proceso de liofilización era demasiado delicado, porque no garantizaba que en todo momento se mantuviese el rango de humedad que necesitan las bacterias para permanecer viables: entre un 2 y un 5%.

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Segunda generación: DDS (Drug Delivery System)

La segunda generación centró sus esfuerzos en proteger el contenido de la cápsula en la que viajan los microorganismos, para hacerla resistente a la acidez gástrica. Para ello, se incluyó una especie de “barniz” con el que mantener intactas las bacterias.

¿Problema? Según la legislación vigente, este método solo se puede aplicar en fármacos, mientras que los probióticos todavía siguen catalogados como complementos alimenticios.

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Tercera generación: bacterias microencapsuladas

La industria siguió investigando y en ese camino aparecieron los probióticos de tercera generación. Se vuelve a utilizar el proceso de liofilización, pero en este caso, en vez de hacerlo con la cápsula, se hace con el contenido en polvo. Así, se consigue un revestimiento individual de las bacterias.

¿Problema? Este revestimiento no es uniforme para todos los microglóbulos. Teniendo en cuenta que el contenido de microorganismos de un probiótico se mide en número de unidades formadoras de colonias (UFC), este proceso podía afectarle y que el número de microorganismos con protección pasase de cientos de miles a solo varias unidades.

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Probióticos high performance: se inventa la cuarta generación

Poco a poco y gracias al afán de crear unos probióticos que de verdad garantizasen la llegada a nuestro intestino de la cantidad suficiente de bacterias, la industria llegó a los probióticos de cuarta generación. En este caso, tenemos un doble revestimiento, dos capas de protección que permiten que el contenido de la cápsula llegue en perfectas condiciones a su destino.

La primera capa de protección está hecha de proteínas, que se encargan de mantener a las bacterias que viajan dentro de la cápsula bien protegidas del pH ácido del estómago que se encuentra tras las comidas. Esto es muy importante porque los probióticos deben tomarse después de comer, por lo que su “tecnología” debe permitir que resistan las condiciones ácidas que se dan en este momento. Una vez el probiótico llega al intestino, se encuentra con un pH más alcalino, en el que las cepas pueden “quitarse” esta capa de proteínas para liberarse.

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La segunda capa de protección está formada por polisacáridos y permite una mayor resistencia a la temperatura, a la humedad y al estrés mecánico. Es decir, que impide que cualquier adversidad que pueda comprometer la supervivencia de las bacterias les afecte.

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Propiedades de los probióticos humanos de IV generación

Gracias a esta innovadora tecnología, los probióticos de cuarta generación llegan activos allí donde queremos que actúen. Con todo lo que sabemos, podemos resumir sus propiedades en los siguientes puntos. Los probióticos de IV Generación:

  • Son capaces de llegar con sus condiciones de viabilidad intactas al área de colonización en la que nos interesa que actúen
  • Tienen la capacidad de formar colonias permanentes
  • Se adhieren al epitelio intestinal, ayudando a preservar su integridad
  • Garantizan que las UFC del producto no se “pierdan” en el viaje de la cápsula hasta el intestino, gracias a su doble revestimiento protector
  • Su composición con cepas específicas, sin crear formulaciones multicepa, evita que los microorganismos compitan entre sí
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